La pérdida gestacional ocurre cuando el bebé muere antes de nacer. Es a día de hoy un tema tabú a pesar de que miles de mujeres al año sufran este acontecimiento tan devastador.

Cuando fallece un ser querido, entendemos como normal sentir pena, dolor y tristeza. Socialmente están aceptadas todas estas emociones y entendemos que las personas cercanas al fallecido necesiten de un tiempo «X» para reponerse ante tal sacudida.

Sin embargo, cuando se trata de la pérdida de un bebé que aun no ha nacido -más aun, si ocurre durante las semanas tempranas del embarazo-, no se entiende de la misma manera. El entorno pretende volver a la normalidad cuanto antes haciendo como si nada hubiese pasado, restando importancia a lo sucedido utilizando para ello frases como: «todavía eres joven», «mejor que haya sido ahora que más tarde»,»probablemente el bebé venía mal, es mejor así», «puedes volver a intentarlo, ya sabes que puedes quedarte embarazada»…

Es importante saber que, todas y cada una de estas frases -que suelen hacerse desde el más absoluto cariño y con la mejor de las intenciones- no hacen sino agravar la situación, sumando al dolor que ya tienes por tu pérdida, esa presión por tener que estar bien y no poder permitirte padecer el duelo por el que realmente estás pasando, dando lugar sentirte sola e incomprendida, tu duelo no es validado.

Por ello, es fundamental tener presente que, tras la noticia de estar embarazadas o incluso antes, cuando ya tomamos la decisión de comenzar a buscar a ese bebé, las mujeres ya nos sentimos madres y nos llenamos de ilusiones, expectativas y amor por y para ese bebé a quien aun no conocemos, los cuales se destruyen en un instante con la noticia: el bebé ha muerto.

El dolor que sientes es tan inmenso, la sacudida que te da la vida en ese momento es tan bestia, que te deja en estado de shock durante un tiempo.

Cada mujer ha de pasar por esta experiencia de una manera diferente pero suelen tener en común el dolor, la angustia y el desconcierto.

En mi caso lo recuerdo como unos días muy muy feos, desde que comencé a sangrar, pasando por la expulsión del bebé, el posterior ingreso hasta la vuelta a casa, a una realidad muy muy distinta a la que dejé tras cerrar la puerta camino al hospital un par de días antes. Recuerdo y aun puedo sentir el batiburrillo de sentimientos de aquellos días negros: dolor inmenso (tanto físico por las contracciones porvocadas por la oxitocina que me suministraron como, sobre todo, interno, como de sentir el alma rota), rabia hacia algunos sanitarios, gratitud hacia aquellas profesionales que me trataron con mimo, respetando y comprendiendo mi dolor, ganas de estar a solas con mi pareja, no querer ver a nadie pero necesitar contarlo, indefensión, vulnerabilidad…

Cada vez que iba al baño y recogía algún resto de placenta que se desprendía notándolo salir, revivía el momento en el que sentí a mi bebé salir de mi cuerpo. «Sólo» tenía 14 semanas de embarazo… He de decir que esa sensación la tuve durante bastante tiempo después.

La pérdida de un hijo supone el golpe más brutal por el que puede pasar una mujer, tenga la edad que tenga.

Poco a poco, vas pasando por las diferentes etapas del duelo: desde la negación y la ira, pasando por la negociación y la tristeza, hasta que finalmente llega la aceptación. Y es en este momento cuando tu vida vuelve a estar en paz y te sientes capaz de retomarla aceptando la pérdida irreversible y aprendiendo a vivir con ello desde la calma y la tranquilidad.

En mi caso (y no me avergüenza reconocerlo), necesité pedir ayuda psicológica para terminar de aceptarlo. Pasó algo más de un año hasta que conseguí retomar mi vida y sentirme de nuevo en paz.

Hay una cosa que hemos de aceptar las mamás que pasamos por esto y es que, el recuerdo de ese bebé que no llegó a nacer permanecerá para siempre en nuestras, y probablemente en el de nuestra pareja -si la hay-, pero en el de nadie más.

Si pasas o has pasado por alguna experiencia así, que no te de miedo o vergüenza hablar de ello, todo lo contrario. Considero, y por eso he querido contarlo, que visibilizarlo es el primer paso para producir un cambio social, haciéndola más consciente y respetuosa con esta realidad.

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